LV/027

LAS ULTIMAS 24 HORAS DE FERNANDO BLASCO

Las últimas 24 horas de Fernando Blasco
RAFAEL RAMOS Buncrana (Irlanda) Enviado especial

El niño estuvo a punto de no ir a Omagh porque prefería ver un partido de fútbol gaélico

En la casa de los Gallagher se cenaba todos los días entre seis y seis y media, y el viernes por la tarde, la víspera de la bomba, no fue una excepción. Siempre había conversaciones animadas, y el pequeño Fernando Blasco dijo que prefería no ir a la excursión de Omagh, porque ya la había hecho el año anterior, y que sería más divertido ir a un partido de fútbol gaélico que se jugaba en Buncrana.
John y Mary Gallagher, los "padres" irlandeses con quienes pasaba el verano, estuvieron de acuerdo e hicieron varias llamadas telefónicas al colegio para informar del cambio de planes. Pero era un viernes por la noche y no dieron con nadie. Así que le dijeron a Fernando que lo sentían mucho, pero que era mejor que fuera a la excursión tal y como estaba previsto. Ya habría tiempo para ver partidos de fútbol gaélico. Quién se podía imaginar que iba a estallar una bomba en el preciso momento y en el preciso lugar en que él estaría?
John Gallagher, un músico que se pasa buena parte del año en Londres tocando en clubs irlandeses y trabajando en la construcción para completar sus ingresos, llora desconsoladamente cuando relata las últimas veinticuatro horas del pequeño Fernando, el niño de doce años al que consideraban como un hijo más. ¿Cómo es posible tanta mala suerte?, se pregunta.
Fernando estaba lleno de energía, recuerdan los Gallagher. Siempre bajaba las escaleras de la casa -su habitación estaba en el segundo piso- de dos en dos peldaños, corriendo, y devoraba la comida en un momento. Casi había terminado antes de que los demás tuvieran tiempo de empezar. Su apodo era "Speedy González". "Cuidado, te va a sentar mal", le decía siempre Mary, una señora rubia cercana a los cincuenta, madre de tres hijos. Peter, Susan y Loraine.
Era el segundo verano que Fernando pasaba con ellos, y antes su hermano Guillermo había estado cuatro. También conocían a su hermana Lucrecia (Yuki), que estudiaba inglés en Buncrana y resultó herida en la bomba de Omagh. "No creo que nunca podamos recuperarnos de este golpe, es demasiado", dicen con lágrimas en los ojos.
Normalmente era Fernando quien se levantaba tarde, a las nueve menos cuarto. Desayunaba en cinco minutos -un zumo de naranja y un plato de cereales con leche- y Mary le llevaba en coche al colegio justo a tiempo de llegar a la primera clase. Pero el sábado por la mañana, el último día de su vida, fue Mary Gallagher quien se quedó dormida, y Fernando decidió irse corriendo hasta el colegio, por una serie de atajos que conocía a través del campo y la playa, para no llegar tarde a la excursión a Omagh. "Fernando era un niño adorable, alegre, ambicioso, lleno de energía -dice Mary Gallagher, apenas conteniendo la emoción-. Muy inteli-gente. Hablaba inglés perfectamente, con acento irlandés. Se pasaba las tardes jugando al fútbol, en el campo que hay en la finca de un vecino, nadando, montando en un pony, haciendo esquí acuático o yendo en barca. No le importaba que lloviera, nunca se quejaba de nada."
El fútbol era la gran pasión de Fernando. Y en su última cena, la del viernes por la tarde, estuvo discutiendo con Peter, el hijo menor de los Gallagher, sobre qué equipo era mejor, si el Real Madrid o el Manchester United. Él sostenía que el Real Madrid, y tenía el argumento de la séptima Copa de Europa recién conquistada.
Fernando dormía en el pequeño cuartito que durante el resto del año pertenecía a Peter, lleno de pósters del Manchester United. Su maleta llena de ropa todavía está en la casa. "Espero que sus padres nos permitan quedarnos algunas cosas como recuerdo", dice Mary Gallagher. John Gallagher se pone a llorar desconsoladamente. "El día antes de la muerte de Fernando le pedí a Peter, nuestro hijo pequeño, que fuera bueno y amable con él, que entendiera que estaba a miles de kilómetros de su casa, sin otra familia que nosotros, y que podía sentirse solo. Pero no tuvo tiempo de hacerme caso, la bomba acabó con todo."
Los Gallagher guardan como un tesoro la carpeta que tenía Fernando Blasco en su habitación, decorada con cajetillas de cigarrillos recortadas de manera que parezcan camisetas de equipos de fútbol. Hay una imagen de la Virgen del Recuerdo -el colegio jesuíta al que iba en Madrid-, dibujos que él hacia, cartas que escribía y dictados del colegio. "Queridos papá y mamá -dice en uno de ellos, en correctísimo inglés-. Estoy en una casa preciosa, cerca de la playa. Me encantan el mar y la montaña, y también la gente. Lo único que no me gusta es la lluvia. En el colegio hay una chica nueva, que es muy guapa."
En ese mismo dictado, uno de los últimos que hizo, se describe a sí mismo como "un chico alto, que siempre está contento y resulta divertido. Tengo la nariz y las manos pequeñas -añade-, el pelo negro bastante corto y los ojos marrones". En su carpeta hay varias fotos de las protagonistas de la serie de televisión "Baywatch" ("Vigilantes de la playa") en bañador. Estaba enamorado de una de ellas, explican los Gallagher. En España apenas veía televisión, y en Irlanda se tomaba cumplida revancha. Después de cenar se iba muchas tardes a casa de James (el amigo que también murió en Omagh) a ver videos."


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Publisher: LA VANGUARDIA

Ref: LV/027

Published Date: 23-Aug-98

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