TENGO 12 ANOS Y SOY ALTO Y MUY GRACIOSO
"Tengo 12 años y soy alto y muy gracioso"
LOURDES GOMEZ
Querido compañero. Tengo 12 años y soy alto y muy gracioso. Mi nariz es pequeña y tengo pelo moreno y corto, Tengo un reloj enorme, ojos marrones y manos pequeñas".
Malachy Gallagher no puede contener las lágrimas al leer la carta que escribió Fernando Blasco Baselga, el escolar que se alojo en su casa de Buncrana, en Irlanda, la primera quincena de agosto. "Era tan cariñoso, lleno de vida y con la sonrisa perenne en su rostro...", recuerda su mujer, Mary apartando la vista del cuaderno de ejercicios de su invitado español, que todavía conservan.
A Fernando lo pusieron un 8.5 de nota por esta carta que envió a un compañero imaginario, aunque, sonríe Mary," no le gustaba hacer los deberes, pero era ambicioso y buen estudiante". "Le gustaba dibujar y llegó a hacer buenos retratos de nuestros amigos", recuerda Peter, el pequeño de los Gallagher y compañero de aventuras de Fernando.
A su corta edad, 11 años, Peter sabe que escapo por los pelos de la muerte. Siempre se apuntaba a las excursiones de la escuela de inglés, pero el día de la Virgen, el sábado del atentado de Omagh, tenía partido de fútbol gaélico (una mezcla de rugby y fútbol en la que los jugadores pueden tocar el balón con las manos), Fernando quería verle jugar y el día anterior, durante la cena familiar en la cocina comedor de los Gallagher, estaba hecho un mar de dudas. "No sabía qué hacer, si ir a la excursión o al partido. En el fondo profería ir al fútbol, y me dijo: 'Igual me aburro porque ya hice eso recorrido el año pasado. No me apetece mucho ir.' Quisimos avisar y pedir permiso a la monitora para cambiar los planes, pero no encontré su número de teléfono y le dije a Fernando que era mejor que fuera a la excursión", cuenta Mary. A la madre de Peter le invade la pena y, sobre todo, un sentimiento de culpabilidad: "Cuántas veces me he preguntado por qué no le dejaría quedarse con nosotros. ¡Dios mío, por qué no le hice caso!", exclama compungida.
Los Gallagher llevan cerca de diez años acogiendo a niños españoles. Su vivienda de dos plantas, construida poco a poco por Malachy y su hermano, es alegre, con mucha luz, flores y plantas frondosas y unos muebles de madera de estilo castellano. Se levanta en lo alto de una colina, a las afueras de Buncrana, en el camino que lleva al embarcadero y a la playa. Cuando hace frío para bañarse en el mar, Peter lleva a sus invitados a casa del vecino a jugar un partido de fútbol o a ver el pony que tiene otra familia de los alrededores. Otras tardes se quedan jugando a baloncesto en el patio de su casa o viendo videos y la tele.
El hermano quiere volver Guillermo, hermano mayor de Fernando, pasó con la familia Gallagher los cuatro últimos veranos y proyecta, confiesa emocionada Mary, regresar el próximo agosto. "Forman parte de nuestra familia, y perder a Fernando ha sido como perder a uno de nuestros hijos", solloza Malachy. La casa guarda numerosos recuerdos de los niños Blasco. Fotografías de Guillermo y de su hermana Lucrecia, que se alojó con los vecinos y todavía se recupera del atentado, y, más penoso aún. la maleta de viaje de Fernando y los pósters que había colgado en su habitación abuhardillada. Tebeos de Mortadelo y Filemón y de Súper López, recortes a color de la chica de Baywatch, su culebrón favorito de la televisión británica, el Nuevo Testamento y, entre otros libros, una versión en inglés de La vuelta al mundo en 80 días. "Mira su gorra y sus zapatillas. ¡Qué desgracia!", dice Malachy mientras cierra la maleta.
Mary prefiere recordar los buenos momentos de los 15 días que Fernando pasó con ellos. "El no andaba, corría. En cuanto llegaba a casa subía las escaleras de dos en dos. Yo le llamaba Speedy González". dice sonriendo. "Por las mañanas", continúa, "se vestía en un minuto y desayunaba en cinco i.e. decía: come despacio, que te va a sentar mal. Pero no había manera. Devoraba el desayuno irlandésmientras veía la tele. Le gustaba probar diferentes cereales cada mañana".
Fernando resulto ser un "pequeño mecánico". "Vio una bicicleta abandonada en el garaje y enseguida encontró las piezas que necesitaba y la arregló en el momento", recuerda Mary. En un ejercicio de la escuela, una carta dirigida a sus padres, el chaval menciona su bicicleta:
"Queridos papá y mamá, estoy en una casa preciosa cerca de la playa... Suelo ir al cole en bicicleta.... pero lo que más me gusta es ir a la playa".
En cierta forma, Fernando, como antes lo hicieran sus hermanos, descubrió un mundo nuevo en la pequeña localidad irlandesa de Buncrana, en el condado turístico de Donegal. El tío de Peter llevaba a los pequeños en su motora, un vecino organizaba torneos de fútbol y otro les dejaba cuidar del pony. "No sé cual era su equipo, pero cada vez que mi hijo mencionaba su favorito, el Manchester United. Fernando gritaba: 'El Madrid es mejor", cuenta Mary. "Su equipo era el Real Madrid. En los partidos él siempre quería jugar de portero", confirma el pecoso Peter.
El fútbol y el waterpolo eran, de acuerdo a su amigo irlandés, las actividades que más apasionaban a Fernando. "Se bañaba con el traje de goma", puntualiza cuando su madre insinúa que su compañero español era más valiente que él y no le importaba zambullirse en las aguas gélidas de la costa de Donegal. Pero este agosto la lluvia apenas dejó de caer Sobre Buncrana y los niños tuvieron que buscar vías alternativas para divertirse. "Fuimos al cine a ver Godzilla. Otros días nos quedábamos a jugar en casa", dice Peter.
En la pandilla de Fernando estaba James Barker, el amigo de 12 años que vivía en la casa donde residía Lucrecia o "Ucre", como la llaman en el pueblo. Ni Fernando, ni James, ni otros dos niños irlandeses, ni la monitora Rocío Abad regresaron de la fatídica excursión al parque histórico americano y a la ciudad de Omagh.
Mary y el resto de los vecinos pasaron horas de angustia tras escuchar la noticia de la bomba. "Al principio no caí en la cuenta, pero en seguida me vino a la cabeza: ¡Dios mío, los niños han ido a Omagh! Las líneas de teléfono estaban saturadas y no conseguí enterarme de mucho. En la misa de las 7.30 el cura confirmó que había heridos de Buncrana entre las víctimas del atentado".
A partir de ese momento, el colegio del Niño Jesús, donde los estudiantes recibían las clases de inglés, se llenó de madres y padres preocupados y angustiados por el paradero de sus invitados. "Sólo sabíamos que estaba en camino el autobús con los ilesos. Esperamos atormentados y ansiosos su llegada. Muy pocos regresaron, yo diría que menos de la mitad de los 43 que salieron por la mañana, y, desde luego, Fernando no se encontraba entre ellos", dice sin poder contener las lágrimas.
El sábado, Mary, que no aparenta sus 50 años, estaba sola en casa. Su marido seguía en Londres, donde algunas temporadas trabaja en la construcción y tocando música en bares y locales. "Llamé a Peter unos días antes para recordarle que se portara bien con Fernando. Le dije que tenía que esforzarse y prestarle una atención especial, porque su amigo estaba lejos de su casa, No le dio tiempo a seguir mi consejo", dice Malachy.
El párroco de Buncrana acompañó a Mary y a otras familias en el penoso itinerario para encontrar a sus queridos pequeños: "Fuimos a Derry, pero el nombre de Fernando no aparecía en la lista del hospital. Tampoco en Omagh. Cuando a las dos de la madrugada me pidieron detalles sobre la ropa que llevaba al salir de casa y sobre el color de su pelo y ojos, me dije: 'Esto no puede ser bueno". El fallecimiento del pequeño escolar español se confirmó cinco horas después.
"Cómo me arrepiento de no haberle llevado esa mañana al cole. Siempre lo hacía. pero el sábado andaba un poco retrasada y Fernando me dijo: 'Déjalo, llegaré antes yo solo", recuerda Mary. "Se había puesto una camiseta sucia y le dije que se cambiara, porque la llevaba desde hacía días. No me acuerdo de si me hizo caso", añade.
El pequeño Blasco era uno más en la casa de los Gallagher. La pizza y las patatas fritas eran sus platos favoritos, pero igual de bien comía alimentos irlandeses. Hacía su cama cada mañana y, después de cenar con Peter, sus dos hermanas y su madre, llevaba su plato y su vaso al fregadero. "Ayudaba como el resto de la familia, ni más ni menos", sonríe Malachy.
Mientras conversamos en el salón, decenas de vecinos se acercan a dar el pésame a esta familia irlandesa. Antes de salir de la casa, el matrimonio Gallagher añade: "Fernando y su hermano Guillermo forman parte de nuestra familia. Mantenemos una relación muy estrecha con los Blasco. Lo sentimos como si hubiéramos perdido a uno de nuestros hijos y esperamos ir a Madrid el año próximo a ofrecer una oración por Fernando. Nunca le olvidaremos".
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