EL SUICIDIO DE LAS HIENAS
El suicidio de las hienas
JUAN CARLOS GUMUCO
En alguno de esos bellos parajes de la frontera entre la República de Irlanda y el Ulster, quizás dentro de alguna de esas casitas campestres de Dundalk, a la vera de caminos vacíos y colinas sin más movimiento que el de vacas y ovejas, tres o cuatro desalmados deben estar rezando para que sea la policía la que los encuentre antes de que se les aparezcan los soldados del Ejército Republicano Irlandés. El IRA les mandó el pasado viernes un mensaje: sus días como prófugos están contados. "Es una oferta que no pueden rechazar", decía ayer un republicano, un veterano de campañas callejeras, utilizando la temible frase de Don Corleone en El Padrino. O se entregan a la policía o se despiden de este mundo. La suerte de los terroristas del llamado IRA Auténtico, el minúsculo movimiento disidente del IRA que hizo estallar el coche bomba en el corazón de Omagh matando a 28 personas hace ocho, está echada. Salvo un puñado de seguidores del IRA Auténtico, toda Irlanda se ha unido en un clamor de justicia para castigar a los autores del más despiadado y sangriento atentado de los 30 años de conflicto en el Ulster.
Con ese mismo golpe, las hienas del Ulster se han colocado el cañón de la pistola en la propia boca y. desde todo punto de vista político, han apretado el gatillo. Aunque ese suicidio no consuela a los familiares de las víctimas, por primera vez en tres décadas en Irlanda del Norte se habla con convicción de la desaparición total del terror como epitafio a la guerra más larga de Europa.
No fue la policía, no fue el Ejército británico. Fueron los propios terroristas los que se aplicaron el golpe de gracia. ¿Qué simpatía puede generar una pandilla que se embarca en un asesinato en masa? ¿Qué grupo político puede aspirar a hallar justificación en una carnicería como la de Omagh? Son preguntas que no hallan respuesta ni en los entierros que se han celebrado en toda Irlanda ni en las calles de Dundalk, un pueblo próspero a menos de diez kilómetros de la frontera con el Ulster. Dundalk se parece a cualquier pueblo de Irlanda. Es pequeño, tranquilo, acogedor y la gente -irlandeses al fin- compite por demostrar elegancia y hospitalidad. Su plaza con una iglesia católica de fachada limpia, está adornada con flores. En Dundalk se conduce con extremada prudencia y no por miedo a la Gardai, la policía. Hay niños por doquier. En ninguna calle hay una sola consigna política. La única sigla visible en las paredes son carteles despintados del último concierto invernal del grupo rock U2 pocos kilómetros al norte, en Belfast.
Por eso al principio cuesta comprender por que se la llama "El paso." Así en castellano y en referencia al turbulento punto fronterizo entre México y los Estados Unidos inmortalizado por el Hollywood de Gary Cooper y John Wayne. Es que Dundalk es el pasaje entre la República de Irlanda y el territorio de bandidos", el mote adjudicado al sur del temible condado sureño de Armagh, donde si bien no hay cowboys sobran saloons y se habla de pistolas y dinamita. Al que llega se le estudia con ese recelo reservado al forastero en el Far West. Pero al final recuerden, esto es Irlanda. Al forastero se le invita a una pinta de Guinness y a una charla.
Rory es un tipo delgado con una calvicie prematura tipo Lee Van Cleef y automaticamente reservado cuando mi colega del Corriere Della Sera y yo le decimos desde hace cuantos años trabajamos como corresponsales. A Rory no le gustan los periodistas. Eso es evidente. "Sangre, sangre y titulares. Así se hace dimero", dice esquivando miradas y frotando rabiosamente la madera del bar con una franela verde. "Con todo el perdón del mundo", dice, "para ustedes la verdad es lo de menos". Renzo Cianfanelli y yo intercambiamos una mirada. Conocemos el argumento. En este caso resulta un mal prólogo para quienes tratamos de averiguar que es lo que piensa de Omagh el responsable del pub Cuchulainn, señalado por muchos en Dundalk como el "club social de los terroristas". La etiqueta pertenece a una bella joven irlandesa que se había embarcado en la campaña de organizar un boicoteo contra el Print Junction, el negocio donde Bernandette Sands McKevitt vende camisetas impresas con el dibujo o la leyenda que pida el cliente. Bernadette vende además marcos para fotografías y algunos souvenirs de Irlanda: llaveros con el trébol, tazones con el emblema de Guinness, un mapa genealógico para norteamericanos nostálgicos. "Hay que cerrar su negocio", insistía la muchacha, "después de lo que han hecho".
La pareja más odiada
Bernadette Sands, la hermana de Bobby Sands (el famoso miembro del IRA que en 1981, después de ser elegido parlamentario, prefirió morir de hambre en la cárcel de Maze antes que vestir el uniforme de presidiario británico), es líder del Comité de Soberanía de los 32 Condados, el movimiento político que se opone al plan de paz.
El Comité es considerado el frente político del IRA Auténtico. Además, Bernadette convive desde hace años con Mickey McKevitt, el hombre a quien la prensa británica asocia con el IRA Auténtico. Tienen tres hijos y creen firmemente que la unificación de Irlanda pasa forzosamente por la retirada de los aproximadamente 20,000 soldados británicos en el Ulster y la disolución del Royal Ulster Constabularv (RUC), la fuerza policial mayoritariamente protestante que controla los seis condados del Ulster. Inmediatamente después del atentado de Omagh. Bernardette Sands y Mickey McKevitt se convirtieron en el rostro público de los verdugos. Varios diarios irlandeses y británicos dijeron que habían pasado a la clandestinidad. Se susurraba en el "territorio de los bandidos*' que habían empaquetado armas y explosivos. Por eso cuando la encontré detrás de la caja del Print Junction me llevé una sopresa. Allí estaba una cuarentona, vestida en un traje conservador beige de dos piezas, atendiendo a dos clientes.
- ¿Por qué no se ha ido de Dundalk?
-Porque no tengo miedo. No he hecho nada que me obligue a ocultarme. Estoy contra la violencia.
-¿No tiene miedo en este ambiente de linchamiento contra todo lo que tenga que ver con lo de Omagh?
Se le cierran los ojos, enrojecidos de tanto llorar o de falta de sueño. Mira alrededor por si hay policías o micrófonos.
Se lo he dicho. Nada he hecho para temer que me pase algo. No he hecho nada. Dejen en paz a mi familia. Por favor, no hablemos más.
Recoge un pañuelo. Por un momento da la impresión de que se va a poner a llorar. Pero es una mujer brava y se contiene. Aún así la pena la delata. Al fin y al cabo, la casa de esta mujer revolucionaria pero de aspecto burgués fue atacada por una turba. Y cuando ella vino a abrir su tienda el jueves, se encontró con ramos de flores pintadas de negro y amenazas. Varios ramos acusadores. En el centro comercial que flota en videos y música rock de moda, gente de toda edad susurra: "Es una asesina, hay que expulsarla de aquí". Su compañero, el hombre que ha sido fotografiado sólo una vez (o un rostro cubierto con una gorra de béisbol, un militante republicano siempre a salto de mata), estaba aparentemente en Dundalk el sábado cuando la radio dio la noticia de la explosión en Omagh. Llamó a un sacerdote, un ex párroco de Dundalk, para jurarle que nada tenía que ver con la atrocidad. Lo juró tres veces. El párroco fue a los periódicos con el contenido de esa confesión, pero su esfuerzo de abogacía no fue muy efectivo. Decir que en estos momentos Mickey McKevitt es un hombre sometido a mucha tensión es quedarse corto. Se sabe poco de él, pero se ha labrado una reputación como revolucionario de toda la vida intensamente comprometido con la causa de una Irlanda unida independiente y contrario a cualquier compromiso que aparte ese objetivo. Aparenta más de los cuarenta y muchos años que tiene y conduce un BMW negro. Supuestamente es muy educado cuando mantiene conversaciones con la policía.
ara muchos de los familiares de los 28 muertos y los 221 heridos y mutilados de Omagh, a Bernadette Sands y Mickey McKevitt habría que llevarlos ante un tribunal. ¿El crimen? Oponerse al proceso de paz y alentar la creación, movimiento y brutal expresión del IRA Auténtico.
Crimen suficiente, sostienen los gobiernos de Dublín y Londres. El primer ministro irlandés, Bertie Ahern, se ha lanzado a la promoción de las leyes antiterroristas más rigurosas en la historia de la isla. Tony Blair, el primer ministro británico, parece decidido a secundarlas. Principal aspecto de ese entusiasmo parece ser la resurrección de leyes de emergencia como las que permiten la detención indefinida de sospechosos sin previo proceso judicial.
Londres y Dublín hablan, naturalmente, de una fórmula menos controvertida, como la que implicaría la justificación de un "puente" sobre el habeas corpus, pero a ojos de muchos irlandeses la posibilidad de un endurecimiento de las leyes invita a atropellos justificables y plausibles, en esta hora de emociones fuertes. Durante la vigencia de las leyes de emergencia, cuando incluso el que soñara en la república arriesgaba la cárcel, el IRA se hizo fuerte.
La propuesta principal a estas alturas es intensificar el control policial entre la República de Irlanda y el Ulster. O sea, la eliminación de la neutralidad que otorga el "territorio de bandidos", la franja crucial para la seguridad en Irlanda. Exigen los especialistas que hay que definir una frontera. Con policías y todo. Un estricto régimen de control policial para el que entre o salga de la república y vaya a visitar el norte, el Ulster. Ello es imposible a menos de que se construya una frontera evocativa en ingeniería y horror al muro de Berlin.
Dundalk es hoy un punto clave en la nueva ecuación de la política y de la violencia en Irlanda del Norte. Por un camino angosto, pintoresco y casi siempre vacíó, desde Dundalk se llega cómodamente en cinco minutos a Crossmaglen. En ningún momento se ve un solo miembro de la Gardai, la policía de la República de Irlanda. De la fuerte presencia militar británica el único recordatorio es el roncar de helicópteros que transportan vituallas y personal y vuelan a gran altura, ya que corre la voz de que el IRA se ha hecho con misiles Stinger.
Aunque técnicamente uno que viene de Dundalk hacia Crossmaglen esta cruzando desde la soberana República Independiente de Irlanda a una provincia del Reino Unido, el Ulster no hay control oficial alguno, la única indicación de que algo cambia en un paisaje de vacas que rumian plácidamente en los bellos y fértiles prados de la isla son los letreros de unos cuantos negocios de cambistas de dinero. Pero incluso estos están casi siempre desiertos.
Diferencias
"Como veras, es muy difícil cerrar la frontera decía con un filosófico guiño uno de los bonachones clientes del Short's el pub de Crossmaglen que actúa como una especie de parlamento y club social del pueblo más temido del Ulster. "Imposible, diría mas bien, porque en realidad frontera, como habrás visto, no existe". Esa es una percepción que los del norte y los del sur han intentado siempre proteger. Al fin y al cabo, el norte y el sur son parte de la misma isla, con el mismo nombre, la misma lengua, la misma historia, la misma cultura y el mismo destino. Construir una muralla sería magnificar las menos tangibles pero evidentemente enormes diferencias reales que la dividen desde la partición propuesta por los británicos este siglo. Quizás una muralla contribuiría efectivamente a parar los movimientos de los asesinos de Omagh, pero el precio político y psicológico para una nación traumatizada por una historia de recelo y rencor seria demasiado alto.
Ingeniería militar y lógica policial aparte, cualquier intento de separar la artificial "pluralidad" de 'las Irlandas" -como demuestra la historia - esta condenado al fracaso. Esta vez la isla parece aprender del luto, el concepto de fatiga y la futilidad de aquella idea de que Irlanda es un país de canciones tristes y guerras alegres,
Hay fatiga del odio. Es más: asco. Nadie quiere va ver funerales como hitos políticos.
Por eso el escepticismo sucumbió ante la elocuencia del dolor tras Omagh cuando, allí, Francis Coyle resumió su milagrosa escapada de la muerte en el momento en que el coche que venia del "territorio de bandidos", pasando una frontera inexistente transformó la principal calle de su pueblo en un verdadero infierno. Coyle, cuyo hijo todavía está en el hospital con la espalda destrozada, habló del fatídico sábado, hace ocho días como "el día que el Diablo pasó por Omagh".
Seria una oportuna despedida, si es que hay creer en la "tregua" declarada por el IRA Auténtico.
Sin posibilidad de escape posible, los tipos que pusieron la bomba en Omagh se muerden las uñas, implorando una condena perpetua antes de que alguien con un viejo revólver republicano en la mano les diga, en un instante de iluminación doctrinal, que la guerra se ha muerto y que ellos son los últimos cadáveres. Que lo único que queda es una despedida. Breve, se entiende.
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